Quieren vender un producto, entrar en un mercado, que alguien se acuerde de ellos el martes.
El vídeo es lo que alguien decidió que hacía falta para conseguirlo.
Una idea se piensa en una sala sin cámaras y se ejecuta en otra sin contexto. Entre las dos hay un documento.
El que la pensó no sabe lo que cuesta rodarla. El que la rueda no sabe por qué se pensó así.
Los dos hacen bien su trabajo. Y aun así la idea llega al final más pequeña de lo que salió.
No sucede de golpe. Es una suma de decisiones razonables que difuminan objetivos.
Más planos que horas previstas. Depender de una localización que no existe. Un sobrecoste que podía haberse evitado con una llamada.
Nadie se equivocó. Cuando llegó el problema, nadie de la sala sabía cuál era el objetivo a proteger.
Antes había que convencer a alguien sentado en un sofá. Ahora, a alguien que ya tiene el pulgar en movimiento.
Eso no se arregla al final recortando el máster a vertical. Hay que buscar otras maneras de llegar.
Muchos han respondido creciendo. Más eslabones en la cadena, más departamentos, más gente validando.
Nosotros creemos lo contrario. El problema no es la falta de manos, es la distancia. Y la distancia no se arregla añadiendo pasos,
se arregla quitándolos.
La persona que decide qué se cuenta está el día del rodaje. La que sabe lo que cuesta un plano está cuando se concibe.
Cuando aparece el problema, y aparece siempre, en la sala está quien sabe qué es negociable y qué era la idea.
No es que protejamos la idea mejor que nadie. Es que no la soltamos en ningún momento.
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